martes, 19 de agosto de 2014

Amor: pasión o decisión

por Cristina Riesco Bernier

Siempre he considerado este cuento como una de las imágenes más bellas del amor por que refleja la espontaneidad del deseo y la decisión reflexionada de amar. Es en este sentido, en el de la dualidad de un amor espontáneo o meditado, en el que estas líneas irán dedicadas. No con intención de aclarar ni establecer una solución, sino con la de compartir una inquietud que, probablemente, todo ser humano, de un modo u otro, ha experimentado en su vida.

Sería posible encontrar tantas definiciones del amor como personas, ya que el amor es una experiencia y, como tal, cada uno la vive de una manera distinta. Pero sí existen claves, palabras o expresiones con las que se ha tratado de expresar el amor y que, de alguna manera, hace que todos sepan de qué se está hablando. Algunos definen estar enamorado con “tener mariposas en el estómago”, otros hablan de “la chispa”, otros de “tener gusano”… y todos sabemos lo que es sin que nadie halla tenido literalmente (y afortunadamente) en su estómago mariposas, fuego, o gusanos…!

La cuestión que siempre ha martilleado mi cabeza es saber si es posible conservar esas sensaciones “para toda la vida”. Quizás hoy resulte obsoleto este concepto de “amor para siempre”, pero es que si el amor es verdadero, ¿por qué habría de ser perecedero? Si un día se acaba el amor, ¿quiere decir que no fue verdadero? Y si lo fue, pero se acabó, ¿quiere decir que ya no habrá otro?

He pensado que no hay que obstinarse y que es mejor aceptar de un modo natural que el amor llega y se transforma y que puede ser amor verdadero y sincero en un momento y, simplemente, cambiar en un momento dado sin que esto reste un ápice de su autenticidad anterior. He pensado que, en un momento, dos personas se pueden enamorar y aportarse un crecimiento personal. Y, que por el transcurso natural de la vida, llega otra etapa en la que quizás ya no hay esa aportación mutua, y que por eso se acaba el amor. Sería más fácil de aceptar si lo tomáramos como una transformación en el proceso de crecimiento de nuestras vidas. Lo que hace todo más difícil es que ese sentimiento de amor va cargado de recuerdos y apegos (materiales e inmateriales) que hacen que la carga del pasado nos haga temer el futuro.

Ante esto, surge la duda de cómo se escucha al corazón y de cuánto caso hay que hacer a lo que dictan los sentimientos. Por poner un ejemplo, si una persona que tiene una relación con otra, un día conoce a alguien y se siente atraída por ésta, ¿hasta qué punto debe dar rienda suelta a sus sentimientos para una nueva etapa? Si trascendemos la pura atracción sexual y pensamos en un sentimiento más profundo, si esta tercera persona le inspira ese “gusano”, se presenta un dilema: ¿debería considerar que si esto sucede es por que su relación estaba estancada y, por lo tanto, ha de replanteársela? ¿O debería valorar el amor que siente por su pareja y que les ha llevado a construir algo juntos?

Por mucho que el amor y lo vivido con su pareja esté por encima de algo que puede ser sólo pasajero, me planteo hasta qué punto se debe limitar un sentimiento y autocensurarse. Me pregunto si no es más sincero con su corazón quien se da la oportunidad de equivocarse… Me pregunto y me pregunto…, pero no hallo respuesta.

Una vez alguien me dijo que el amor es una decisión. No me gustó la idea de que la mente reste sinceridad a los sentimientos. Es bonita y loable, la decisión de amar por encima de todo. Pero, en ese caso, quizás la frontera entre amor y cariño se difuminen… En ese caso, puede que “el gusano en la tripa” ceda el paso a la amistad. Es evidente que la alteración física que sufrimos al principio de un enamoramiento no puede durar toda la vida. Sin embargo, para mí resulta imprescindible que esa llamita que diferencia el cariño del amor siempre quede viva.

Quizás la mejor expresión de esta idea la encontré en la escena de una película de Fernando Aristarain, Lugares Comunes, en la que el hombre de un matrimonio mayor coquetea elegante y discretamente con una bibliotecaria. Sin negar la atracción que sienten el uno por el otro, él, de la manera más natural y sincera, afirma a propósito de su esposa: “pero siempre gana ella”.

Es ahí dónde creo haber encontrado que la decisión de amar al otro, desde la reflexión y la razón, puede (y debe) nacer del corazón.

Así, hablando de nuevo con quien me había dicho que el amor es una decisión, comprendí que lo bello, lo bonito, es decidir entre dos. Y, que cuando dos deciden amarse, es porque existe la chispa suficiente como para cuidar el gusano y, si éste se transforma, que sea en mariposas. 


Revista SEXPOL, Noviembre/Diciembre 2005 NÚMERO 67

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