viernes, 29 de mayo de 2015

Más allá del orgasmo femenino



En el mundo en que nos encontramos, a veces las cadenas de televisión, aunque en ocasiones parezcan empeñadas en ser más una empresa de ganar dinero que un agente de entretenimiento, educativo o meramente informativo, nos regalan espacios donde podemos conocer cosas diferentes, útiles o beneficiosas para la vida de cualquiera. En uno de esos espacios, tuve la oportunidad de escuchar sobre temas referidos a la sexualidad, siempre desde un punto de vista meramente científico. Como en el ya famoso slogan “la potencia sin control no sirve de nada”, personalmente creo que en la mayoría de las ocasiones, por no decir en todas, la ciencia sin su aplicación o vertiente humana o humanista de servicio al individuo, tampoco puede ser de utilidad. Así pues, seguidamente intentaré comentar esa información y por supuesto intentaré reflexionar acerca de ello. El tema sobre el que se trataba, en líneas generales era la Respuesta Sexual Humana (RSH), y en particular el orgasmo femenino y las diversas regiones cerebrales que se relacionan en el encuentro amoroso o íntimo.

Antes de entrar en detalles, me tomaré el permiso de revisar superficialmente los conocimientos acerca de los cambios y procesos que tienen lugar cuando se produce un encuentro erótico. Después de experimentar deseo (en forma de fantasías, interés en alguien...) intentar alcanzar a quien nos gusta (ver a la persona de vez en cuando, pedir y planear una cita con la persona...) una vez conseguida su atención (conseguir ser atractivos ante ella o él), puede que decidamos pasar “a la acción”, al encuentro íntimo. En él, tenemos una serie de cambios a nivel mental y fisiológico; cambios que, por otro lado, pasan por las famosas fases de excitación, meseta, orgasmo y fase de resolución final. Según los diversos autores estas etapas pueden cambiar e incluir el deseo (muchas veces el origen de problemas en terapia) pero sin duda esta clasificación es la más famosa, y fue planteada hace ya tiempo por Virginia Johnson y William Masters, matrimonio mundialmente conocido y que fueron pioneros en el estudio científico de la sexualidad humana.

Una vez ubicados en el tema, vayamos por partes. Durante la excitación, tanto hombres como mujeres aumentan el ritmo cardíaco y la respiración. Como todos intuimos, es el momento en que el pene del hombre se pone en erección por la acumulación de sangre en sus estructuras internas (cuerpos cavernosos y esponjoso); en las mujeres, por su parte, se llena de sangre el clítoris, se expande y se engrosan las paredes de la vagina y acaba por elevarse el útero. Después, aumenta el ritmo cardíaco al doble, se agrandan las pupilas, el vello se eriza, se provocan los sonrojos propios del momento y se suda por el incesante aumento del ritmo de la sangre. Si hay penetración, el pene recibe excitación y roce en la vagina y esta, por su parte, recibe al pene y se amolda a él. Según la postura de la penetración, en estos instantes el movimiento puede provocar la excitación del clítoris y de la zona del punto G por el roce y la presión. Si se llega al orgasmo, la ciencia ha revelado que se activan nada menos que treinta áreas cerebrales, así como que dentro del encéfalo, en el hipotálamo se libera una hormona, la oxitocina, al torrente sanguíneo.


En nuestro camino de la excitación, llegamos a un grado tal que en circunstancias normales (desinhibidos y sin presiones) se provoca el orgasmo, una liberación de toda la acumulación sanguínea en la zona; más concretamente en el caso del hombre, también se produce una expulsión de líquido seminal al exterior, la eyaculación. Durante esta fase, la musculatura de la base del pene se contrae rítmicamente y se produce la expulsión del esperma al exterior por la uretra. Por su parte, en la mujer se producen contracciones rítmicas vaginales, así como de toda la musculatura pubococcígea (como en los hombres, por otro lado) cada ocho décimas de segundo aproximadamente. Es verdad que esto, dicho así, puede haber quitado romanticismo al orgasmo; el “tocar el cielo con las manos”,  las  “mariposas”,  las  “cosquillas”...,  todo eso es, fisiológicamente hablando, contracciones y liberación de tensión genital. Aún así, es maravilloso, dure el tiempo que sea, si se vive como libertad, expresión individual del goce y en compañía (en este caso) de una persona con la que libremente hemos decidido estar.


Una  vez  llegados  a  este  punto,  lanzo una pregunta: ¿hay algo en la Naturaleza que sea fortuito, que no sirva para nada? Miremos a nuestro alrededor y echemos un vistazo hasta a lo más insignificante. Seguro que eso que estamos viendo tiene su papel en algún proceso, o sirve de alimento para algún organismo, o es beneficioso para algo. Es por eso que los investigadores se plantean para qué sirve todo esto que acabamos de describir y si su final, el orgasmo, y en concreto el femenino (muy olvidado en esta sociedad sexista y coitocentrista, por otro lado), así como las estructuras implicadas en él, sirven para algún propósito.


Que las mujeres a lo largo de la historia han venido careciendo de sexualidad, del uso y disfrute de su cuerpo y por consiguiente de orgasmo (al menos oficialmente), es algo que ya sabemos quienes educamos o tratamos terapéuticamente en estos temas. Prueba del poco interés que hay por revertir el status quo del asunto y el poco apoyo para que las mujeres avanzaran en su conocimiento propio, es que hasta 1998 no se conoció la verdadera estructura del clítoris; es a partir de ese momento cuando se va focalizando más la investigación en todo lo que rodea la respuesta sexual femenina, incluyendo el famoso punto G encontrado por el ginecólogo Gräfemberg en los años cuarenta del siglo pasado. Pues bien, los descubrimientos de las experimentaciones creo que dejarán a más de uno boquiabierto... Al menos a mí sí me impresionan y me alegran a la vez por las grandes implicaciones que poseen.

 Y es que el orgasmo, como sentimiento que es, sin mediatizarlo por la cultura u otros aspectos, es complicado abordarlo porque no posee ni siquiera una definición clara. Por eso es que cada uno lo vive de una forma; además, según el estado anímico y las circunstancias en que la persona se encuentre, cada uno de los orgasmos que se tengan en la vida pueden ser únicos en nivel de sensación y calidad. Por su parte, la fisiología sí que es precisa. El gran suministro de oxígeno al cerebro provoca que éste se active a nivel cortical por la captación de estímulos eróticos (un juguete, una prenda de lencería, un susurro, una caricia...), diferente ya de por sí porque cada uno codificamos esto según matices personales. Es en un segundo nivel en el que también se activa internamente el Hipocampo, zona cerebral donde almacenamos las emociones y guardamos datos en nuestra memoria a largo plazo. Hablando del Sistema Nervioso, y para dejar algún dato más curioso en cuanto a este tema, decir que en el orgasmo se activa el cerebelo provocando los movimientos musculares del clímax, el Núcleo Accumbens y, repito y remarco, nada menos que treinta áreas más.


Ya hemos comentado el papel de la oxitocina  en  las  paredes  vaginales.  Pues  bien, se han hecho estudios con mujeres a las que les aplicaron  sustancias  irradiantes  mezcladas  con un semen sintético, en un caso con y en el otro sin la oxitocina circulando por su cuerpo. En este estudio se pudo ver que cuando no había oxitocina el semen permanecía en la vagina, concentrado en ese reducido espacio y sin apenas movimiento. Cuando, con el mismo semen introducido, se aplicaba a la sujeto de estudio la hormona dicha (en el momento de un supuesto orgasmo), en un plazo breve de tiempo, las paredes vaginales y el útero se ponían en acción y propulsaban el esperma hacia las Trompas de Falopio, conductos donde tendría lugar el encuentro de espermatozoide y óvulo. Aún no se sabe por qué, pero además era guiado hacia el ovario donde se liberaba el óvulo correspondiente al mes del periodo de la mujer, maximizando así las posibilidades de concepción de un nuevo embrión.


Debido en su mayor parte por los efectos de la cultura y educación familiar (personalmente, la genética no creo que aquí tenga mucho grado de responsabilidad), las mujeres no piensan tan a menudo como los hombres en el sexo. Aunque fuese todo lo contrario (las estadísticas dicen que cada vez nos acercamos más en los datos en este tema), parece que la Madre Naturaleza aprovisiona de refuerzos a todos sus hijos, sean de la especie que fuere para que se cuiden, protejan a sus crías o para que la especie prospere. Puede que sea ésta una lectura muy reducida, pero no deja de tener parte de razón. Si “poner la semillita dentro de mamá” no tuviera en el hecho de hacerlo algo de gozo (sé que estáis pensando en el romance, el desarrollo pleno como padres, etc., pero esta idea de amor contemporáneo no ha sido siempre así), es posible que no hubiera tantos millones de personas poblando la faz de la tierra. Algo de cierto habrá también en la afirmación de que el orgasmo masculino hace que los hombres quieran tener relaciones sexuales, sea para engendrar hijos o no, si por el contrario hay condicionantes, a menudo socioculturales, que lo desaconsejen. Si fuera doloroso, correríamos los hombres como alma que lleva el diablo con cada insinuación de una mujer.


En el caso de ellas, la función o ventaja del orgasmo no parece tan clara, aunque las últimas hipótesis barajadas apuntan a que el organismo femenino discrimina los mejores hombres que pueda escoger la mujer en cuestión. El debate está servido, ya que según estos estudios, el atractivo físico puede provocar más orgasmos. Los tests sobre la búsqueda de la belleza parecen revelar que la selección natural tiene algo que ver cuando se busca la belleza física, puesto que se eligen no del todo conscientemente a personas atractivas para uno mismo según el grado de simetría en la cara, aspecto físico saludable, tono de piel, etc., algo que biológicamente revela que la persona tiene pureza genética, que es más resistente y que tiene menos mutaciones de genes.


Lo que los etólogos llaman el “coste de la fecundación” o de la paternidad o maternidad en el traspaso genético, durante la unión monógama de dos seres humanos (lo que otros llamamos enamoramiento o amor), parece que también juega un papel durante y para el orgasmo femenino; parece cumplirse que a mayor enamoramiento, los clímax se dan más y hay mayor nivel de actividad neuronal, concretamente de la Ínsula Cerebral. Dicho de otra forma, a mayor pasión, mayores y más satisfacción en los orgasmos experimentados. Así pues, y aunque muchos pensáramos lo contrario (porque pensemos que la técnica para tener un clímax que usamos pasa nosotros mismos es más afinada que cuando nos lo hace otro) y sin que por ello sean dos cosas del todo antagónicas (una cosa es lo subjetivo y otra lo objetivo), los orgasmos en pareja y con amor activan más regiones que cuando se logra durante la masturbación. Se ha podido ver que una de esas “nuevas” regiones está relacionada con la memoria y que estos recuerdos además se activan en los próximos encuentros con nuestra pareja. Pareciera pues que estas reminiscencias son un cierto “seguro” natural para estar más tiempo unidos y así aumentar la probabilidad de tener nueva descendencia.


Detengámonos aquí porque creo que esto es un punto crítico que nos puede interesar. Yo siempre creo que para sí, uno mismo, en su vida, debe ser el centro absoluto, y lo más importante; mientras que alrededor de cada cual se encuentren orbitando  las  personas  relevantes  de  su  vida, en cercanía o lejanía según las circunstancias determinen  y  de  qué  unión  estemos  hablando con cada una de ellas. Aunque este planteamiento pueda parecer un poco frío o egoísta, y contrario a lo que judeo-cristianamente se nos ha inculcado, quizá si siga hasta el final de lo que quiero transmitir, haga cambiar un poco la visión de quien me lee acerca de mi planteamiento.


Siguiendo  este  argumento,  si  yo  hago todo por y para mi conveniencia sin atender a las consecuencias que pueden provocar mis actos, entonces en la vida puede que prospere mucho a nivel económico o laboral, mientras que a nivel personal, moral o social (algo más humanamente importante), nuestra altura quedará por el suelo. Si, por el contrario, hago las cosas y conduzco mi vida hacia lo mejor y lo que más me convenga, siempre y cuando no perjudique al círculo de personas que están a mi alrededor (mi círculo de circunstancias), me estaré comportando conforme un egoísmo maduro, con límites muy claros ante lo que se debe o no hacer. Sigo por tanto realizando cosas que me aportan beneficios, pero sin relegar a las personas de alrededor a una distancia tal que no me importen lo más mínimo.

Puede que esto llegue a ser una de las claves para saber comportarnos en las relaciones que tengamos con otras personas. Os concretaré con otro ejemplo para ilustrar acerca del tema que venimos tratando hasta aquí. Caballeros de siglos y décadas pasadas (no tan lejanas) podían “hacer uso” de sus esposas en el momento y de la forma que querían para satisfacer su mal llamada necesidad sexual, que, por otro lado, era propiedad exclusiva de los hombres. Todo acontecía de la manera en que el hombre quería o sabía (no sé qué es más peligroso), sin importar lo satisfecha o complacida que pudiera quedar su compañera de cama. Este ha sido el encorsetamiento al que hemos estado sometidos por el rol de género que nos ha tocado desempeñar  en  la  sociedad  que,  aunque  se  ha ido modificando, no lo ha hecho tanto como sería deseable. Famosa es la frase que ha provocado mucho daño a generaciones que hoy son ya maduras y que resume esta situación. “No hay mujer insatisfecha, sino hombre inexperto”. Ese rol de ser libre sexualmente al que obligatoriamente se deben adscribir los hombres, así como el de ser activo en la relación sexual, aún hoy en día en muchas ocasiones recae sobre el hombre, por lo que la perversión en la sexualidad compartida (y deberíamos decir que también en la que se ejerce en solitario, porque todo es impregnado...) está encima de la mesa. Sea por desconocimiento o por lo cómoda que parece ser para algunos esta posición de poder (ilusoriamente, porque de hecho se pierde mucho con este modelo un tanto castrador), aún hoy en día es el hombre el que hace y deshace, el que vela por hacer en primer (y único muchas veces) lugar lo que a él le satisface, para después, lo que sabe hacer por y para su pareja sexual. Sin querer, el hombre es el que trabaja según este patrón supuestamente hecho para sí (yo soy antes que tú),en la comodidad o miedo al cambio, porque además, el cliché de la relación sexual bien entendida y completa (el coito vaginal es el válido, el que produce y re-produce...) es el que más sale a renta del macho viril, mientras la mujer espera ilusamente quedar satisfecha en un mundo parcialmente sexualizado en el que aún hoy en día muchas aún no han tomado su lugar legítimo por ser personas con aspiraciones, deseos y necesidades.


Sea por el razonamiento un tanto biologista de lo que se ha contado aquí, de que el placer lo deseamos hombres y mujeres por igual si estamos libres de ataduras morales y sociales, de que estamos programados naturalmente para ello, sea por lo ético del asunto, o por la razón que se quiera poner, tanto hombres como mujeres estamos llamados a comportarnos de forma maduramente egoísta: yo velo por mi placer en primer lugar, y si puedo y sé hacerlo, velaré por la satisfacción de ti porque has entrado en mi círculo de circunstancias, porque ese bienestar tuyo repercutirá seguro en mí también, teniendo más placer y buenos momentos, deseos de estar conmigo, buenos orgasmos que me provocarás seguramente, porque querrás estar conmigo y así, un sin fin de efectos positivos fuera y dentro de la cama.


Es  lógico  pensar  que  llegar  a  esto  no saldrá gratuito. En ellos, falta tacto e interés por el conocimiento de tantas cosas del mundo femenino que desconocen. En ellas, “sacudirse el polvo” de épocas pasadas en las que su sexualidad era nula o volcada hacia la maternidad, en su defecto hacia el otro desamparado o desatendido, y tomar las riendas de su vida, empezar a explorar (no dejar que el otro lo haga por ella) sensaciones, emociones y la biología propia para sacar el máximo beneficio y placer para una misma, sin aceptar las esperables críticas  (o  intentar  no  darles  peso  específico) ante las temibles etiquetas propias que usan los malintencionados contra quien intenta salirse de un rol que no ha pedido ejercer y menos aún estar irremediablemente atado, que de seguro tiene limitaciones y castraciones.


Pedro Pardos Blas                                                                             
Pedagogo, Psicólogo
Máster en Sexología, Terapia Sexual y de Pareja (SSM)
Conferenciante y formador sexual


Publicado en Revista SEXPOL nº 114, julio-septiembre 2014

RM/xt

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