viernes, 3 de julio de 2015

La violencia de género



Elena del Barrio Álvarez
Psicóloga y Sexóloga Especialista en género Universidad Autónoma de Madrid
Dpto. Psicología Biológica y de la Salud


Vivimos en un mundo de ropa rosa y azul, de pasividad-agresividad, fortaleza-debilidad, de pelo corto-pelo largo, de escote-corbata… Nos encontramos atrapados en dicotomías, donde hay hombres y mujeres; y si existe algo diferente, se cambia.

Contra este sistema blanco-negro, se encuentra una escala de grises representada por una lógica difusa que incluye el intervalo y que se sitúa en el medio, entre cero y uno; permitiendo la existencia de multivalores, de multivalencias (Fischer, 2003).

La realidad no es un binomio, la realidad es plural, es un caos con continuos desajustes que generan novedad. Hay más que niños y niñas, que heterosexuales y homosexuales. Hay bisexuales, hay transgéneros, hay XX, XY, XXY, XO…

Existe la posibilidad de mudar de sexo, de transitar por las diferentes posibilidades de experimentar la vida con y en distintos cuerpos. Se puede dejar la adicción al género. Entre los efectos secundarios de las adicciones de género nos encontramos la desadaptación, discriminación, y sometimiento de las mujeres. ¡Basta ya! Paremos la violencia DEL Género.

¿Cómo nació el género?


Con la inocencia médica de John Money (1955, en Fausto-Sterling, 1993) se comienza a diferenciar sexo de género. Sexo haría referencia a las diferencias anatómicas macho-hembra; y género, a sus diferencias de comportamiento. A partir de esta diferenciación se han desarrollado varios modelos para explicar la relación entre ambos factores.

Entre ellos se encuentran el biosocial (importancia de la biología y el entorno en el desarrollo del comportamiento diferenciado sexualmente), el del aprendizaje (los roles adquiridos mediante observación y refuerzo del entorno), el cognitivo (necesidad lógica del niño de categorizarse en las dos opciones de género que percibe), y el psicodinámico (proceso de identificación/ruptura emocional con la madre) (Moreno, 2007).

En general, por tanto, se asume, que el género, de algún modo, depende del sexo al que se pertenezca; estaría construido a partir de él, en interacción con el entorno; por lo que admitiría posibilidad de variación en función del contexto; mientras que el sexo, por naturaleza, sería siempre XX o XY (en los humanos), y no influenciable por los factores del entorno. Sin embargo, como diría Butler (1990)[1], el sexo siempre fue género.

¿Es el sexo impermeable?


En la sociedad nos encontramos con dos posibilidades de sexo, la de macho o la de hembra, pero ¿es, esto, fruto de la naturaleza, o de la cultura?

El desarrollo del sexo en el feto, se produce en tres etapas; en una primera habría simplemente una diferenciación genética; en una segunda, una diferenciación gonadal (testículos/ovarios), ésta segunda provoca, mediante la liberación de hormonas por parte de las gónadas, la tercera: la diferenciación fenotípica.

Sin embargo, este proceso no da siempre como resultado la aparición de un bebé con genitales claramente diferenciados. Los seres que nacen con genitales ambiguos son clasificados por la biomedicina como pseudo-hermafroditas, masculino y femenino (si tienen cariotipo XY y XX, respectivamente); o como hermafroditas verdaderos (si coexisten tejidos de las gónadas masculinos y femeninos en una misma persona) (Fischer, 2003). Sin embargo, considerar a estas personas como hermafroditas, es incorrecto, puesto que los hermafroditas son capaces de fecundarse a sí mismos, y estas personas no son fértiles.

Según datos aportados por Money, se estima que el 4% de la población se encuentra entre ese espectro masculino y femenino (Beltrán, 2001). Sin embargo, se sigue considerando que sólo existen dos sexos, los que se corresponden con los dos géneros; por lo que no sólo el sexo crea el género, sino que éste crea a su vez al sexo.

En las culturas occidentales, en éstos casos, se suele intervenir quirúrgicamente para conseguir o pene o vagina, y no se considera la opción de dejarles ser (origen en las leyes judías, Fausto-Sterling, 1993). Esta elección se basa en el tamaño del posible clítoris o pene. Se define clítoris si mide menos de 0.9 cm y pene si mide más de 2.5. Entre 0.9 y 2.5 lo más probable es que se opere para la conversión a mujer con clítoris “normal”, puesto que se considera que ésta operación es la más sencilla (o hay menor exigencia a la hora de construir genitales femeninos).

Sin embargo, esta actuación, que puede considerarse como violencia (debido a que son agresiones al cuerpo de un individuo sin el consentimiento de éste), no es transcultural: los navajo, por ejemplo, contemplan las intersexualidades como una parte importante de su mitología, y quienes poseen estas características intermedias gozan incluso de privilegios (Martin y Voorhies, 1981 en Beltrán, 2001).

De hecho, el género fue creado para modificar el sexo (debido a la necesidad de dicotomías en el mundo occidental). J. Money acuño la palabra género para dar sentido a las reasignaciones de sexo que realizaba. Su caso más famoso, con respecto a la búsqueda de adecuación al género, fue el John/ Joan. Un niño con un año y medio, pierde el pene por una mala operación de fimosis, y tras la construcción de una vagina, Money trabaja con él para que desarrolle un género femenino. La dicotomía sexo- género, por tanto, en este caso muestra su fortaleza al evidenciarse aquí que el género no depende de un sexo natural, o de unos cromosomas, sino de los dos fenotipos sexuales que tenemos naturalizados en correspondencia con los dos géneros, también naturalizados.

Dentro de esta dicotomía de sexo-género, se incluye, además, la sexualidad; debido quizás, a la polisemia de la palabra sexo, que implica tanto masculinidad- feminidad, como las relaciones sexuales entre ambos (Gayle Rubin, 1989). Las prácticas sexuales refuerzan los modelos de género y la identidad de género está imbricada con la identidad sexual; así pues la heterosexualidad se convierte en la meta del desarrollo personal (Garaizábal, 1998, en Beltrán, 2001).

En el manifiesto contrasexual de Beatriz Preciado (2002) se supone que sexo y sexualidad (y no solamente género) deben comprenderse como tecnologías sociopolíticas complejas. Se entiende el sexo como una tecnología de dominación heterosocial que reduce el cuerpo a zonas erógenas, en función de una distribución asimétrica del poder entre los géneros (femenino/ masculino); haciendo coincidir ciertos afectos con determinados órganos, ciertas sensaciones con determinadas reacciones anatómicas, y, delimitando la superficie erótica a los órganos reproductivos; privilegiando el pene como único centro de producción de impulso sexual.

Además de la relación género-sexo-sexualidad, tenemos el cuerpo como espacio de violencia, en tanto que confiere a los géneros su carácter sexual real- natural (Preciado, B., 2002), siendo éste el locus de interpretaciones culturales, aunque también de posibilidades interpretativas (Butler, 1990).

Así, el género, considerado dicotómico por correspondencia con el sexo natural, resulta que es limitador de los sexos (los limita a dos). Del mismo modo controla la sexualidad, (por ser ésta mimetizada con el sexo y enfocada a la reproducción) y asume la heterosexualidad en sus dos modalidades (tanto la masculina como la femenina). Además, el género modifica el cuerpo en tanto que es su espacio de representación. De este modo, la asunción de la dicotomía supone violencia en tanto que obliga no sólo a desarrollar un tipo de comportamientos, preferencias… (género) en el ámbito público, sino que también marca qué se tiene que desear en el ámbito privado (heterosexualidad), cómo tiene que ser el cuerpo (mujeres sin pelo, hombres con músculos, por ejemplo) y el aspecto físico del sexo (clítoris pequeño, pene grande).

Sin embargo, no todas las teorías entorno al género son dicotómicas. Si bien, desde la psicología de la personalidad, se comenzó a analizar el género como una variable definitoria de salud/enfermedad, midiendo únicamente masculinidad (feminidad valor negativo de masculinidad), se ha avanzado hasta considerar valores instrumentales y expresivos (definitorios de masculinidad y feminidad) como independientes, e incluso llegar a analizar el género desde un modelo bidimensional, donde Feminidad y Masculinidad son independientes y, en su interacción, desarrollan 4 tipos de roles (Bem Sex Role) (Moreno, 2007).

De este modo, la relación sexo-género-sexualidad-cuerpo sería menos tensa; partiendo por lo menos, de que los roles de género no serían fruto de dos tipos de genitales, ni implicarían ningún tipo de sexualidad, ni dependerían del cuerpo en los que estuvieran situados. Sin embargo, el test de Sandra Bem no es inocente. Contiene implícitos estereotipos y refuerza la creencia de lo que es femenino y masculino (los ítems representan roles marcados de género), y cae en las categorizaciones (necesidad de incluir a un sujeto en un tipo de los 4 roles que define). Del mismo modo, esta creación no es transcultural, puesto que los roles femeninos y masculinos no son iguales en todas las culturas (Tchambuli y Arapesh, Margaret Mead, 1935; en Carranza, 2007), y esta asunción de feminidad y masculinidad refleja el inconsciente de características de personalidad fruto del sexo.

¿Qué puede hacerse entonces con el Género?


“Si el género se construye, ¿podría construirse de distinta manera, o acaso su construcción conlleva alguna forma de determinismo social que niegue la posibilidad de que el agente actúe y cambie? ¿Implica la «construcción» que algunas leyes provocan diferencias de género en ejes universales de diferencia sexual? ¿Cómo y dónde se construye el género? ¿Qué sentido puede tener para nosotros una construcción que no sea capaz de aceptar a un constructor humano anterior a esa construcción?” (Judith Butler. El género en disputa, 1999: 57).

Para frenar la violencia contra lo diferente se pretende pasar del mundo dicotómico al de las fronteras (Casado-Aparicio, 1999). Deconstruir las dicotomías sexo/género, naturaleza/cultura… construidas (Haraway, Donna, 1991)[2].

Ha sucedido lo mismo con la división dicotómica sexo/género que con las explicaciones de dominación del hombre. Se han naturalizado. (Haraway, D., 1991). Prueba de la naturalización de la dicotomía sexo/género son las intersexualidades. El sexo no es dicotómico por naturaleza, se ha naturalizado la dicotomía como consecuencia de la naturalización del género. El género ha creado dos sexos, que a su vez, han creado dos géneros. El género se vuelve sexo, y el sexo género (Butler, 1990).

Si el género nace del sexo, pero no lo representa, sino que lo crea, el sistema sexo-género es una falacia. El hecho de que haya personas que tengan que ser operadas para tener un sexo acorde a un género existente, muestra el absurdo del género. Otra pista del absurdo de la dicotomía, es la existencia de personas que aunque tienen un sexo, al que se le puede asociar un género, sienten, tanto su sexo como su género, erróneos, o la de otros individuos que ni siquiera sienten género alguno como suyo.

Realmente el sexo ha sido también construido socialmente con este sistema. Catharine MacKinnon (1982) lo define en relación con el otro, y Judith Butler (1990) va un paso más allá y lo considera creado por el otro, quien te hace mujer natural es el hombre. Se es mujer porque atraes y te atrae el hombre. En este sentido, y como dice Monique Wittig (1981) las lesbianas no son mujeres. La dicotomía sexo-género no existiría, serían uno, creado para controlar a la mujer. Dicho control comenzaría con su sexualidad dirigida al hombre (Ariane Rich, 1980) y terminaría con su comportamiento sumiso hacia él.[3] 

La mujer no nace, llega a ser (Beauvoir, 1946)[4], y del mismo modo, cualquiera se puede hacer mujer, u hombre, o cyborg, o actor de un teatro de géneros e incluso mestizo.

Desde el marco médico, se contempla la transexualidad, definida como disforia de género, y se trata con operaciones quirúrgicas y apoyo psicológico para la adopción total de género. En la opinión de Raymond, los transexuales son víctimas de las normas restrictivas patriarcales de la masculinidad y la feminidad que les fuerzan y les animan a mudarse de una categoría a otra (violencia sexo-género-sexualidad- cuerpo).

El modelo médico ha sido criticado por esencializar el transexualismo y la identidad de género. En palabras de Shapiro (1990), a pesar de su autopercepción como propagadores de “actitudes hacia la sexualidad más ilustradas y liberales y científicas”, el trabajo de médicos e investigadores como Benjamin, Money, Stoller y Green, “refleja una actitud hacia el género sumamente tradicional” (Shapiro 1991: 250). En opinión de Shapiro, “tratar cuestiones de género por medio del cambio de sexo quirúrgico es un poco como acercarse a un dermatólogo para solucionar el problema del racismo” (ibid.: 262), (Soley-Beltran, 2003).

Así pues, en el discurso y, particularmente, en la práctica transexual, el cuerpo (o “sexo”) se equipara con el género. Esta ecuación gobierna la principal práctica transexual: la operación de cambio de sexo; ya que se asocian determinadas características de “género” con un “cuerpo” determinado.

Los transgenerismos, sin embargo, supondrían un rechazo al género; sin caer en él. En ellos estarían enmarcadas las teorías de Butler (1990) con la performatividad del género, y los cyborg de Haraway (1991); entraríamos dentro de la subjetividad nómada de Braidotti, en la que el sexo no influiría en nuestro género, y donde el término género no existe realmente, puesto que lo que existirían serían intermedios, grises, y no blanco o negro puro. Se habla del mestizaje de Anzaldúa (1987)[5], no de pureza.

Dentro de éstos colectivos encontramos las multitudes queer. En éstas se habla de sexopolítica, no como lugar de poder, sino como un espacio de creación donde se suceden y se yuxtaponen los movimientos feministas, homosexuales, transexuales, intersexuales, transgéneros, chicanas, post-coloniales… Las minorías sexuales se convierten en multitudes queer (Preciado, 2003).

Las estrategias que toman las multitudes queer son la des-identificación como mujeres para crear nuevos sujetos del feminismo; las identificaciones estratégicas de sujetos abyectos para encontrar un lugar de resistencia al punto de vista universal; la reconversión de las tecnologías del cuerpo de normalización en otras de anormalización y, la desontologización del sujeto de la política sexual; buscando no la normalización de lo anormal, sino la lucha contra la naturalización (mujer, gay), contra las instituciones políticas tradicionales que se presentan como soberanas y universalmente representativas; como contra las epistemologías sexopolíticas heterocentradas, que dominan todavía la producción de la ciencia (Preciado, 2003).

No más violencia en nombre del Género. Es imposible pensar con claridad sobre la política de las razas o de los géneros mientras los consideremos como entidades biológicas y no como construcciones sociales. Una vez que se comprenda el sexo en términos de análisis social e histórico será posible una política sexual más realista. Es necesaria la visibilización y respeto de los distintos cuerpos, sexos, sexualidades para parar la violencia producida por el encasillamiento de género.
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Notas

1 La edición empleada es la española de 1999.
2 En edición española de 1995
3 Abstracciones del texto de Gil Rodríguez, 2002
4 En edición española de 1999.
5 Edición empleada: 1999.
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Bibliografía

 Andalzúa, Gloria (1999). Borderlands/La frontera. The New Mestiza. San Francisco: Aunt lute Books.
Beauvoir, Simone (1999). El segundo sexo. Madrid: Cátedra.
Beltrán, Elena; Maqueira, Virginia (2001). Feminismos. Debates teóricos contemporáneos. Madrid: Alianza Editorial.
Butler, Judith (1999). El género en disputa. Barcelona: Paidós.
Carranza Aguilar, M. Eugenia (2007). Antropología y Género. Breve revisión de algunas ideas antropológicas sobre las mujeres. Seminario Mulleres e Universidade.
Casado-Aparicio, Elena (1999). A vueltas con el sujeto del feminismo. Política y sociedad, n. 30, pp. 73-91.
Fausto-Sterling (1993). The Five Sexes: Why Male and Female Are Not Enough. The Sciences, p. 20-24.
Fischer Pfaelle, Amalia, E. Devenires, cuerpos sin órganos, lógica difusa e intersexuales en Mattía, D. (2003) Sexualidades migrantes, género y transgénero. Argentina: Feminaria Editora.
Gil Rodríguez, Eva Patricia (2002). ¿Por qué le llaman género cuando quieren decir sexo?: Una aproximación a la teoría de performatividad de Judith Butler. Athenea digital, 2, pp. 30-41.
Haraway, Donna J. (1995). Ciencia, cyborgs y mujeres. La reinvención de la naturaleza. Madrid: Cátedra.
Moreno, Bernardo (2007). Psicología de la personalidad. Procesos. Madrid: Thomson.
Preciado, Beatriz (2002). Manifiesto contrasexual. Barcelona: Anagrama.
Preciado, Beatriz (2003). Multitudes queer. Notas para una política de los “anormales”. Multitudes, 12
Rubin Gayle (1989). (Reflexionando sobre el sexo: notas para una teoría radical de la sexualidad. En: Carole Vance (comp.) Placer y peligro: explorando la sexualidad femenina, (trads. Julio Velasco y M. Ángeles Toda). Madrid: Revolución, p. 113-190. (Ed. original, 1984).
Soley-Beltran, Patricia ¿Citaciones perversas? De la distinción sexo-género y sus apropiaciones en Maffía, D. Sexualidades migrantes, género y transgénero. Argentina: Feminaria Editora, 2003. 


Publicado en SEXPOL, Revista de Información Sexológica
Número 108 - Enero / Marzo 2013

RM/xt

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