domingo, 5 de julio de 2015

Las parejas actuales. Tertulia, marzo 2013


Carmen Abril, Psicóloga, sexóloga
Roberto Sanz, Psicólogo, Terapeuta Sexual Fundación Sexpol



Existen y han existido diferentes formas de concebir y vivenciar la pareja, sin embargo todas las personas tenemos ciertas ideas comunes sobre su funcionamiento y significado. Se ha reforzado, sobre todas las demás, el estilo tradicional de pareja en nuestra sociedad, si bien poco a poco van cambiando ciertos aspectos de esta. Echemos antes un vistazo rápido al punto de partida que nos interesa para abordar después las distintas elecciones de pareja que se dan en la actualidad, aunque no todas se visibilicen o promocionen de la misma manera. Quede dicho que la clasificación de los estilos de pareja que se explicará más tarde es válida solamente desde una perspectiva divulgativa y personal, sin intención de oficialidad alguna y con un interés reflexivo y organizativo.

El modelo tradicional (el principal en el inconsciente colectivo de nuestra sociedad) viene del matrimonio, cuyo origen está en la formación de la familia nuclear, producto a su vez del sistema de producción y del Patriarcado.

Con el sedentarismo, el descubrimiento de la paternidad (puesto que la maternidad era indudable) y la producción a través de la ganadería y la agricultura local, se establece la propiedad privada y la necesidad de garantizar que la herencia del patrimonio recaiga en el hijo biológico, de ahí que se establezcan relaciones monógamas con exclusividad sexual-genital para que el padre se asegurara de que el hijo que hereda es suyo, dando como resultado la ya nombrada familia nuclear con el cabeza de familia (el hombre) caracterizada por una heterosexualidad normativa centrada en la reproducción y en una asimetría de género con roles predeterminados. Los matrimonios eran utilizados así como moneda de cambio para generar alianzas y expandir las propiedades familiares, de manera que eran matrimonios forzados no basados en el enamoramiento, el amor y el deseo sexual.

Debido a la imposición matrimonial dos factores principales favorecen romper con la tal obligación: la rebeldía de las personas que se niegan a casarse con quien no quieren, y la influencia de la Iglesia, que aprovecha esa rebeldía para nombrar como sacramento al matrimonio basado en la idea de amor romántico (incluyendo todos sus mitos, especialmente el de la media naranja y el de sacrificio) sobre un fondo de interés económico y de ganancia de poder a través del establecimiento de sus cánones.

Por otro lado, con la Revolución Francesa se enfatizan valores personales y se lleva a cabo un proceso de individualización, en el que aunque la pareja exista se resalta la idea del individuo como unidad: el “yo”.

La unión y evolución de los conceptos anteriores han propiciado una especie de normatividad en la formación de parejas, y, si bien no es tan representativa como creemos, sigue siendo lo que a través de diferentes instituciones, medidas políticas y medios de comunicación se refuerza como normal. Dicha normatividad se caracteriza por la heterosexualidad, la monogamia, la función reproductiva, la asimetría de género, la formación de familias, y una idea del amor romántico en la que continúan ciertos mitos de forma más o menos profunda o explícita.

En su conjunto, esto da lugar a ciertas consecuencias psicosociales que se mantienen en el inconsciente colectivo general (no generalizable): celos, posesividad, exclusividad sexual (no solamente en cuanto a contacto físico, sino incluso a la hora de fantasear durante la relación sexual con la pareja y/o durante la masturbación a solas, y también respecto a la seducción), necesidad de tener pareja como objetivo en la vida, estigma de la soltería (a consecuencia de la anterior), y la fantasía de la elección (la ilusión de que puedo elegir a quien quiera) entre otras. Todo ello forma parte también del ideal de amor romántico.

¿Quién o qué mantiene este modelo tradicional de pareja? Podemos decir que gran parte de la sociedad en general es responsable de los valores que ella misma aplica, aunque más concretamente instituciones como la iglesia o el estado tienen un especial interés por diferentes motivos como lo son aspectos político-económicos, creencias, mantenimiento del funcionamiento del sistema capitalista actual y el modelo de producción, disponibilidad de mano de obra, control de la población a través de normas, productividad y consumo (tengamos en cuenta que es más fácil vender sobre aquello instaurado que cambiarlo para luego vender; además, las insatisfacciones producidas al no llegar a lo socialmente deseable hace que consumamos ciertos productos, bien para llegar a ello o bien para compensar el malestar). Los medios de comunicación afianzan y representan tales ideales, y todo ello se resguarda en nuestro actual sistema capitalista y patriarcal.

A la par, conviven otras formas de elección, vivencia e interpretación de la pareja y/o de la necesidad de tenerla, así como un cuestionamiento del concepto en sí mismo. Movimientos sociales tales como el movimiento hippie, los colectivos LGTBIQ y el feminismo (reconceptualizando y deconstruyendo los roles sexuales y de género), y la movilización general en busca de libertades y derechos democráticos ha expandido nuestras mentes y una parte de la población, cada vez más amplia, se plantea cuanto menos ciertos aspectos del modelo de pareja tradicional.

Llegando a este punto, hemos elegido tres categorías que representan (a modo personal y divulgativo tal como se señaló al principio) los diferentes tipos de pareja. Es necesario explicar que una misma persona o incluso una pareja pueden pasar por las tres categorías en un orden alterno, y que muchas veces estamos a medio camino entre una y otra ya que vamos evolucionando e intentando conjugar los viejos aprendizajes con los nuevos. Por supuesto, hay casos prototípicos pero también hay mezclas interesantes:

-Pareja Tradicional: caracterizada por un matrimonio civil o religioso, unos roles de género tradicionales, y una convivencia impuesta.
-Pareja Tradicional- Igualitaria: caracterizada por unos roles de género cuestionados y más flexibles, un matrimonio religioso-civil, y un sentimiento respecto a la convivencia en pareja como necesaria.
-Pareja (Pseudo)Igualitaria: caracterizada por constituirse como pareja de hecho legal o no, unos roles de género también cuestionados y flexibles como en la anterior, y una convivencia opcional sin sentimiento de obligatoriedad o de constancia, sin seguir necesariamente un patrón de elecciones preestablecido en ese sentido (pueden convivir un tiempo, durante toda la relación o nunca).

En cuanto a las relaciones sexuales-genitales también podemos hablar de diferentes estilos de pareja. Bien con exclusividad sexual (o se da por hecho por considerarse “lo normal”, o se pacta) y sin exclusividad sexual (hablamos de pacto, no de infidelidad). En este último grupo se encuadrarían las parejas “abiertas”, intercambio de parejas o “swingers”, poliamor (parejas formadas por más de dos personas donde se establecen vínculos primarios y secundarios y se pactan una serie de normas respecto a diferentes aspectos y también respecto a los contactos sexo-genitales que se mantienen tanto dentro como fuera del círculo de poliamor), y el ya clásico “follamigos/as” que a veces a pesar de funcionar como una pareja más tradicional no se reconocen como tal, o sencillamente no conforman una pareja en ese sentido.

¿Qué motivos suelen llevarnos a elegir un estilo u otro de pareja?


Además de la necesidad de vínculo y apego, la búsqueda de felicidad o de libertad, podemos hablar de algunos miedos que nos harían decantarnos por un estilo concreto. El miedo al compromiso, al rechazo o al abandono puede llevarnos a no querer iniciar una relación, a iniciarla sin intimar emocionalmente hablando, a no establecer compromisos de algún tipo, o a cortar la relación antes de que tenga lugar una implicación emocional personal más fuerte. Por otro lado, el mismo miedo también al abandono o al rechazo puede hacer que nos aferremos a una pareja tradicional o tradicional-igualitaria con exclusividad sexual precisamente para evitar pasar por celos, evitar posibles pretendientes para la pareja, o evitar una sensación de “tener que competir” con otras personas, alejando así sentimientos de inseguridad. El miedo a la soledad nos llevaría en principio a vincularnos fuertemente con una pareja, si bien la posibilidad de ser dejados/as en una relación también podría limitarnos para llevar más allá de cierto punto un vínculo.

La conclusión a la que hemos llegado es la de que a pesar de los viejos aprendizajes y el refuerzo social por un lado, e invisibilización por otro, ante algunas formas de establecer pareja, una parte de la población se replantea si lo que nos han enseñado es siempre y en todo momento lo más deseable, o lo que es más importante, lo más deseable para una/o misma/o. Probar, experimentar, decidir conscientemente aquello que considero pareja, así como su necesidad o no, y el estilo que más se adecúa a mis intereses es un objetivo que podríamos marcarnos para vivir de forma más satisfactoria y fiel hacia la propia persona.


Publicado en SEXPOL, Revista de Información Sexológica
Número 108 - Enero / Marzo 2013

RM/xt

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